A escribir se aprende leyendo

Ni es una frase mía, ni acabo de descubrir nada: es lo que aseguran todos los escritores de los que he escuchado o leído alguna entrevista.

Desde la más tierna infancia, cada uno de nosotros va entrando en la espiral del aprendizaje: colores, olores, formas, texturas, sabores, ruidos, etc.

En lo que respecta a las letras, este se ve reforzado con esos maravillosos cuentos que nuestras madres, nuestros abuelos, o cualquiera con paciencia, se aviene a representarnos. Y utilizo esta expresión y no otra porque realmente cambian la voz, gesticulan y se esfuerzan en dar vida a cada uno de los personajes que viven en ese mundo mágico.

Y los sonidos se van fraguando en nuestra mente, de manera inconsciente, pero sólida.

Llega el momento de empezar a reconocer letras, a hilvanar sílabas y a formar palabras; a imaginarnos todas las posibilidades que se nos abren con esos conocimientos.

Escribimos y repetimos cada vocal, después cada consonante; construimos filas de símbolos que, hasta ese momento, eran totalmente desconocidos.

Hemos crecido casi sin darnos cuenta: escribimos en la libreta los deberes para el día siguiente, redactamos una tarjeta de felicitación para la amiga que nos invita a su cumpleaños, enviamos un christmas a nuestros tíos de Manzanares y apuntamos en la pizarra de la nevera algo que falta para la compra.

¿Y ahora qué? Pues desde ese momento, y no más tarde, hay que esforzarse en escribir BIEN, en no tener faltas de ortografía. ¿Es importante? Sí, mucho, más de lo que creemos.

Expresarse bien —verbalmente o por escrito— es la mejor forma de que nos comprendan en cualquier lugar en el que utilicen nuestro idioma. ¿Cuántos diálogos absurdos hemos escuchado?, ¿cuántos párrafos vacíos de significado hemos leído?, ¿cuántos discursos repletos de “nada” vemos en los medios de comunicación?

Conectar con quien te lea o escuche depende, en gran parte, de lo bien que lo hagas

No sé si a vosotros os ha ocurrido, pero yo he dejado a medio leer libros por lo difícil que es seguir sus párrafos mal puntuados. Y no digamos ya si contienen erratas o faltas de ortografía. Eso hace chirriar las gafas y le resta interés al contenido —que podría ser buenísimo, o al menos aceptable, con una corrección previa—.

Escribir bien es, además de contar cosas bonitas e interesantes, hacerlo para que las líneas fluyan por nuestros ojos con suavidad y mimo, para que acaricien nuestra mente receptiva.

Encontrar un fallo rompe esa armonía, le pone una zancadilla al texto y algo tropieza dentro de nosotros.

También es cierto que, aunque debemos escribir siempre con corrección, no podemos ser tan exquisitos con un mensaje de texto a un amigo como con una portada de periódico o el titular de una noticia en televisión. Algo que llega a miles —quizá decenas de miles o millones— de personas, debe ser purgado con un interés mayúsculo.

Todo texto que vaya a ser publicado, en cualquier medio, requiere varias lecturas, y no solo por su autor —que ya tiene parte memorizada—, sino por otro lector: encontrará, sin lugar a dudas, algo que se nos ha pasado por alto.

Tenemos un magnífico chivo expiatorio en el “maldito corrector” de tal o cual aplicación; es sencillo echarle la culpa cuando metemos la pata, aunque sería más honesto decir que en ese momento hemos dudado y lo hemos puesto mal sin querer; al fin y al cabo, somos humanos y el error viene de serie en nuestros genes.

Rescato de Sabina el título de una de sus canciones, “como te digo una co te digo la o”: ¿no es más fácil utilizar ese corrector para que nos oriente —ya que marca o subraya de un color distinto— sobre lo que podría estar mal escrito?

Hoy en día es algo menos complicado que hace unos años escribir con corrección, o al menos sin faltas de ortografía. Ante el dilema de una palabra, utilicemos sinónimos (es muy aconsejable tener abierta, en segundo plano, alguna aplicación con los mismos).

¿Se libra alguien de escribir erratas? ¿Y faltas de ortografía?

No, nadie escribe sin erratas. Todavía no he leído un libro, por consagrado que sea su autor y prestigiosa su editorial, que no contenga varias. Algunas obras, como ya dije, con tantas que te invitan a dejarlas a las pocas páginas.

Eso sí, son evitables en gran medida. ¿Cómo? Pues leyendo con mucho detenimiento lo que “realmenteestá sobre el papel o la pantalla del ordenador. Y remarco esa palabra, porque nuestro cerebro tiende a interpretar lo que “debería decir” en lugar de “lo que dice”, a ordenar una letra mal colocada o a añadirla si no existe.

Pero, amigos, una cosa son las erratas y otras, infinitamente más graves, las faltas de ortografía. Estas no tienen ninguna justificación en un texto que se precie de profesional:

  • ese “haber” si nos vemos, tan extendido en los WhatsApp,
  • ese “te hecho” de menos, que debería ser causa de ruptura de muchas parejas,
  • ese “sobre mi”, sin acento, en los currículums vitae,
  • ese “de que vengas nos tomamos un vino”, que dan ganas de no ir,
  • etc.

Muchas de estas faltas se eludirían, tal y como indica el enunciado de este artículo, LEYENDO. Es, además de una maravillosa forma de adentrarnos en el conocimiento de lo que nos guste, un magnífico ejercicio para que el cerebro se acostumbre a distinguir entre lo que hemos escrito mal y lo que hemos leído en algún momento; saltará la alarma para que, al menos, tengamos la oportunidad de contrastar lo que nos suene “raro”. Es un buen momento para empezar. Adelante, trabaja en ello, ¡LEE, ESCRIBE!

Publicado por Correcciones Quevedo

CORRECTOR DE TEXTOS - INGENIERO DE LETRAS: meticuloso y perfeccionista. Colaboro contigo para potenciar tus escritos, dándoles más valor con una adecuada puntuación y eliminación de faltas de todo tipo. No tires por tierra tu reputación publicando textos sin revisar. Poseo una excepcional habilidad para ello y aporto una experiencia de más de trece años de trabajo en TODOS los campos: editorial, prensa y televisión nacionales, tesis, másteres, etc. He localizado las faltas de ortografía en la Constitución Española de 1978 y algunas erratas no subsanadas todavía. También las de una tesis de mucha trascendencia mediática. He corregido algún libro ya publicado por un importante grupo editorial y localizado casi 200 faltas. Y un largo etcétera.

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